jueves, 26 de julio de 2007

Contra el espontaneísmo

Hay momentos de la prosa narrativa que conmocionan, que obligan a suspender la lectura para tomar aliento, para esperar a que el alma se acomode otra vez al cuerpo, porque algo (un crujido, una grieta, un vacío) la separó un instante.

La angustia de Emma Bovary, la locura de Heathcliff, la desazón de Nené, son momentos en las vidas de otros. Pero son "otros" ficticios, cuya realidad consiste en palabras. De modo que, más admirable que el sentimiento o la emoción que evocan, es la construcción, el armado, la lógica, la combinación de piezas, única, que tiene el poder de producir la evocación.

¿Cómo se contruyen tales momentos? Hablo del estilo y pareciera que el estilo es inherente al sujeto que escribe, que emana de él espontáneamente, como un atributo más. Así como las "preguntas retóricas" me brotan cuando escribo, otros sujetos escritores tendrán sus rasgos carcterísticos que les nacen del mismo modo impensado. Sin embargo, es necesario perder la inocencia en cuanto a la espontaneidad. Creer poco en la espontaneidad y apenas en el azar.

El espontaneísmo, el azar y el "porque sí" son forjados después de muchos años de causas y consecuencias, de la suma de experiencias con el azar y los juegos, del lento y persistente aprendizaje no sistemático del estilo de los otros, de la confluencia de la palabra escrita, la palabra dicha, la palabra declamada y la palabra cantada.

De modo que sí existe una explicación, una lógica, un por qué entre la palabra allí encajada en medio de otras, y la conmoción en el alma del lector.

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